Desvío
Septiembre 30, 2009
Véndanme,
escóltenme,
azótenme,
pónganme una corona de fuego
y unos clavos en las manos.
Escúpanme
y meenme los pies.
Congélenme la sangre,
insúltenme,
arrástrenme,
y por favor,
después de matarme
no se olviden
que no quiero
resucitar.
Gosia
Septiembre 27, 2009
Gosia hace equilibrio entre los cuervos
y mira exactamente
lo que quiere
que mire yo.
Se desarma con la excusa del yoga
y escupe sus huesos
como si cada imagen apareciese
después de una lucha.
Gosia
escucha,
y huele,
y siente,
y toca,
con los ojos.
Y se ahorca y respira
y es ella y es otra
en cada espejo
que la ve cubriendo su desnudez
para mostrarse
-y mostrarme
y mostrarte-
desnuda.
La fotografía miente -me dicen-
porque sólo muestra
una parte de la verdad.
Y yo miro a Gosia,
volando,
enredada,
arrastrándose,
escribiéndose,
y me río
de lo estúpido de esa frase.
Sobre qué hago con este tema de no poder acariciarte
Septiembre 23, 2009
Los besos que le doy a las otras chicas,
corazón,
son porque a veces
necesito mentirme
un poco.
Necesito a veces,
alejarme de tanta
tanta
tanta
verdad,
es decir
tanto
tanto
amor.
Es que a veces necesito acordarme
dónde termino yo,
y dónde empieza el mundo
y sé que para eso,
amor,
no puedo contar
con vos.
Adornos
Septiembre 10, 2009
El poema no está hecho de palabras,
y como ya estoy harto de las metáforas
voy a evitar mencionar esas cosas
que me hacen perder en su sonido o en su mentira:
no voy a decir ni belleza, ni sangre, ni perfecto, ni sabor, ni vestido.
No voy a hablar de esas tardes en la plaza
ni de nuestro primer beso,
no voy a recordar nada de lo que esperás que recuerde:
el olor a albahaca de tus manos cuando cocinás,
tus pestañas al sol en verano,
esos labios tuyos diciendo “tengo miedo”,
los hombres gritándote en la calle,
vos cantándome Sabina.
Perdón mi amor,
pero hoy no hay más adorno que la plena desnudez
y no voy a contarte ese cuento en el que te amo eternamente
ni voy a decirte que estaría feliz de morir por vos.
Hoy
y solamente hoy
-que puede durar para siempre-
voy a despreciar la pretensión de poeta,
y voy a hacer una de las cosas que mejor sé hacer:
hoy,
ahora,
palabras afuera,
sin saber para qué,
voy
a
pensar
en
vos.
Imposible
Agosto 13, 2009
Estabas al lado mío.
Yo no sabía si habíamos hecho el amor
o si seguíamos siendo amigos.
Entonces me dijiste
—Es lindo cuando espera no suena a tiempo perdido,
y jugaste con los dedos en mi mejilla a escribir tu nombre
y con la boca a comerte mi risa.
Me leíste un poema que habías escrito
y me pediste que cuente los lunares de tu cuerpo
como si estuviese contando estrellas.
Yo te pregunté
—¿Hasta cuándo va a durar esto?
Y vos me arrancaste el miedo:
—Hasta cuando quieras.
Así me hiciste olvidar.
Por un rato me hiciste olvidar
de ese pensamiento oscuro que tengo
cuando suceden las cosas
que no suceden en realidad.
Me hiciste olvidar de que hay ciertas cosas
que no pasan nunca:
desvestirte el corazón,
entenderte la piel.
— ¿Y para no perderlo todo?
—No se puede evitar perderlo todo. Sólo se puede dilatar el tiempo.
(dilatar el tiempo…
dilatar el tiempo…
dilatar el tiempo…
dilatar el tiempo…
dilatar el tiempo…
dilatar el tiempo…
dilatar el tiempo…
dilatar el tiempo…)
Entonces hubo un ruido
como de vidrios rotos
o de cuervos volando.
Un ruido como de amanecer,
y ya no pude contarte las estrellas,
y ya no existías al lado mío.
Comenzaba un nuevo día,
con la distancia y la soledad de siempre,
con el sol y los relojes,
con el miedo
y con el miedo al miedo,
con la certeza de no poder tenerte,
con esta cosa tan parecida a desangrarse.
Comenzaba un día como cualquier otro,
un día en el que no estabas,
un día de verdad,
un día sin un ápice de ensueño.
Agosto de 2009
Primero
Julio 26, 2009
“hablo en fácil hablo en difícil
sabiendo que no se trata de eso”
Alejandra Pizarnik
Hay alguien a quien no conozco
que en este instante escribe esto con palabras más bonitas.
Alguien que seguro es un poco más alto
y que puede verse a si mismo sin empezar a sangrar.
Hay alguien a quien no distingo
que no deja de buscarme.
Alguien a quien persigo
y que no deja de perseguirme.
Hay alguien en algún lado
que está mirándote a los ojos.
Alguien a quién le preguntás cómo se llama
y lanza una sonrisa que te derrite.
Hay una persona que no le tiene miedo al fuego
ni a los animales ni a la ciudad.
Una persona que tiene las palabras
para decir lo que yo no puedo.
Allá, no sé dónde, hay un poeta
que te da un beso y te abraza en la cintura.
Hay un poeta que te hace abrir las alas
que guardás cada vez que me ves.
Hay alguien que no está solo,
y que no tiembla cuando la luz se apaga.
Alguien que no se pierde en todos esos laberintos
que le pasan alrededor.
Sé que hay alguien,
a quien le robo no sé qué
de lo que no sé
que yo quería ser.
Mayo de 2009
Lucía
Julio 2, 2009
“O lo aceptamos todo o es que todo es mentira”
Benjamín Prado
Hoy tuve un sueño raro. Así me saludaste ayer cuando nos encontramos en la esquina de Las Heras y Callao. Todavía retumbaba el eco de los tambores que protestaban por una de esas cosas que el egoísmo hace pensar que no son importantes. Pasaba un auto nuevo con una canción de tu grupo favorito sonando a todo volumen, y un viejito que estaba sentado vendiendo flores te siguió con la mirada como si quisiera agarrarte con las manos y venderte a vos también, o quizás a esa forma de caminar riéndote tan tuya que tenías cuando me dijiste ignorando todo eso: ¿Te cuento mi sueño?
Y me contaste algo que si no me hubieses contado vos habría pensado que estabas contenta de soñar. Porque a la gente le gusta soñar con esas cosas que asocian a la felicidad. A la gente le gusta soñarse con un final tan lindo como el de tu sueño. Porque siempre se encuentran dando un beso y pensando “esto va a terminar”, y en los sueños no, los sueños tienen esa cosa de existir afuera del tiempo que a todos los hace sentir tan cómodos que si pudiesen no despertarse seguramente lo harían. Pero vos no sos así. Yo sabía que en tu sueño Lucía no era feliz.
Estaba en el 85 con unos amigos, Marisol, Bruno, los de siempre; me dijiste. Íbamos para Floresta, todo derecho por Rivadavia, pero no nos dábamos cuenta de la distancia, íbamos y volvíamos como si el camino estuviese hecho de nada o como si estuviésemos sobrevolando un bosque. Me acuerdo que estábamos yendo adonde había otro grupo de amigos que nos estaban esperando ¿viste esa sensación? Pero entonces de la nada me bajé del colectivo. Ni siquiera esperé a que termine de frenar, el chofer abrió la puerta y yo pegué el salto como si fuese lo más común del mundo mientras Bruno y Marisol se reían a carcajadas. Los miré desde el cordón de la vereda hasta que un tipo me tocó el hombro y me dio un papel de colores con una dirección mientras decía con una voz rara, un poco parecida a la tuya, Lucía, te espero hoy en la fiesta de disfraces.
No hacía falta que me lo digas, mientras me seguías contando el sueño yo ya sabía que vos ibas a querer ir. Te podía ver imaginándote cómo ibas a quedar maquillada si te disfrazabas de algún personaje de esos que yo no conozco. Te podía ver preguntándote soy linda, y me podía ver diciéndote que sí como te lo quería decir mientras seguías describiendo ese sueño confuso tuyo que por ahora no había empezado.
Creo que la calle era Yerbal, susurraste y te quedaste pensando, después seguiste; pero en realidad no importa. Estaba cruzando una de las calles y cuando escuché el ruido del tren me di vuelta para verlo… por más que era de noche y estaba muy oscuro podía distinguir toda su forma como si se estuviese moviendo en cámara lenta, casi hasta podría haberle puesto nombre a cada una de las personas que vi por la ventanilla. Una mujer con lentes de sol que estaba sonriendo. Un niño que viajaba a upa de su mamá con las manos pegadas en el vidrio. Otra mujer que parecía que estaba tarareando una canción de amor. Podría haber nombrado a cada uno de ellos. No habría podido hacerlo con ese primer chico que escuché gritar a no muchos metros de donde yo estaba parada. Seis personas había a su alrededor. El grito. El frío. El temblor. Como en una tormenta. El ruido de una botella rompiéndose en su espalda, el ruido de una botella ahogando el estruendo del tren sobre las vías. Ahora todo era grito. Ya no había noche. El grito de ese chico fundiéndose con gritos que venían de todos lados era lo único que había. Y había algo que se movía. No sé si era yo o era todo lo demás. Pero empecé a ver esquina tras esquina la misma situación, hombres con esvásticas en las espaldas formando círculos y golpeando sin ningún pudor a esos que gritaban. Y los gritos cada vez más fuertes, y con las manos en los oídos, y con los ojos cerrados, todo seguía igual, como si estuviesen adentro mío.
Te pregunté si tenías miedo y me dijiste que sí. Y te lo pregunté viéndote el miedo en los ojos, así, despierta, todavía seguía el miedo en la forma en que mirabas el mundo y me acordé de ese poema que dice piensa si piensas contar la historia, olvídate de Lorca y de la torre Eiffel. Piensa en su miedo. Habla de su dolor, porque ésa es su historia. Había policías –ahora me hablabas con tristeza-, pero no hacían nada. Sólo miraban. Estaban ahí, quietos. Moviéndose, que esto no es un espectáculo. Eso nos decían a mi y a todos los demás que nos quedábamos caminando por ese laberinto de gritos y sangre, por esas calles donde se escuchaba el trueno de las cadenas y los palos golpeando a la gente. Yo no sé si alguno estaba pidiendo ayuda. Creo que en realidad prefería no saberlo. Entonces, una cuadra más allá, vi que paraba el auto de una de mis amigas. Me acerqué arrastrándome porque tenía miedo de que los otros me vean y me ataquen a mi también. Ahora la policía los ayudaba a separar a aquellos a quienes molían a golpes: todos pertenecían a alguna tribu urbana.
-¿Había Floggers? –te pregunté. Y me dijiste que sí mirándome con enojo, como si no pudiese entender lo que estaba queriendo decirte el sueño. En el auto estaba Marisol con Helena. Charlaban de la fiesta de disfraces a la que me había invitado el hombre cuando bajé del colectivo. ¿No me queda lindo el esmalte? Hoy creo que me le tiro encima a Bruno. Eso te decía en el sueño Marisol. Y yo sé que vos les explicabas desesperada lo que estaba pasando ahí afuera del auto. Cómo no saber que se los explicabas si ya casi estabas llorando. Pero te dejé llorar, me dijiste que te deje llorar porque creías que eso deberías haber hecho cuando terminó el sueño. A vos no te parecía un final feliz haber bajado del auto en una heladería a charlar con tus amigas. Seguro que los demás habrían sentido que en ese momento había terminado la pesadilla. Pero vos no entendías cómo ya no hablabas. No entendías por qué te sentías tan parecida a ese laberinto de gritos. No entendías de qué te reías. No entendías por qué estaba tan rico el helado de limón. No entendías de dónde venía ahora ese susurro quejoso que no se callaba y que ya empezaba a rasguñar la piel. No entendías, yo tampoco entiendo, por qué en ese momento en que se hubiese pensado que la pesadilla terminaba, con las risas y las complicidades, en realidad la pesadilla estaba empezando. Ojos abiertos. Quietud.
Un viernes por la mañana
Junio 25, 2009
Virginia Woolf se llenó los bolsillos de piedras
y escribió dos cartas
después de ponerse su vestido blanco.
Virginia Woolf se quemó los pies con el trueno húmedo del río
y no pensó en las palabras que hablan de la muerte:
escribió la muerte
como antes había escrito el dolor
y no las palabras que hablan del dolor.
Virginia Woolf se había preguntado si esta especie de suspiro era el final.
Virginia Woolf estaba escribiendo la respuesta con su cuerpo en el agua.
No te asustes si me encontrás como a ella,
con el corazón sangrando en la mano.
Quiero decirte el amor,
no las palabras que hablan de amor.
Bufandas Rosas
Abril 27, 2009
Ya no necesito dar vueltas. No te voy a volver a escribir poniéndote otros nombres. Esta vez quiero hablarte a vos. Quiero que me leas y que sientas que me mirás a los ojos, y quiero que trates de ver si podés decirme que no de nuevo.
Puede ser que te resulte lejano ese jueves que parece estar flotando en la nada y que no pienses más en todo lo que podría haber pasado. Me siento tan ingenuo corazón, yo te creí cuando me dijiste que lo iba a superar.
Fue muy extraño como sucedió todo. Tenía la piel de gallina y ni siquiera te había visto. Era tu voz nada más que parecía abrir todas las puertas que puedan existir en el mundo como si fuese un tornado, o una tormenta. Dijiste mi nombre y me tocaste la espalda, entonces me di vuelta y estabas ahí temblando de frío ¿te acordás? Tenías ganas de que te abrace pero yo te di mi campera y la aceptaste con una sonrisa. Después fue que me contaste que en realidad solo querías un abrazo y alguna palabra como las que luego llegaron. Me diste tu mano y estaba helada, pero no te dije nada porque tenía miedo de que vos pienses que no quería tocarte. Siempre pensé en todo lo que pensabas, y todavía pienso en que pensarás, si es que pensás en algo. Nos habíamos estado mandando cartas, no sé cómo me reconociste. Vos ibas a llevar un vestido violeta como el que tenías, y yo me iba a poner unas zapatillas rojas porque me habías dicho que te gustaba ese color. Pero ese día cuando salí de casa pisé caca de perro y me tuve que cambiar de zapatillas porque no tenía tiempo para limpiarlas. Y fue terrible viajar en el colectivo pensando en que no me ibas a reconocer. Y cuando llegué a la librería donde nos íbamos a encontrar -te voy a contar esto que no llegué a contarte en el momento- había otra mujer vestida de violeta. Tenía el pelo largo y rubio como lo tenías vos, y además tenía ojos celestes. Pero te soy sincero, me daba miedo que fueses esa mujer porque me había generado bastante rechazo con su forma de caminar y agarrar los libros. Me quedé mirándola casi diez minutos y no se movía del estante de los libros esotéricos. Pensé por un momento en irme, renunciar a todo, porque no eras como esperaba que seas. Pero me miré las palmas de las manos tan vacías como siempre, y me acerqué a saludarte creyendo que eras ella. ¡Qué vergüenza la situación! La saludé diciéndole “hola mi amor” y me miró con una extrañeza que pocas veces he visto. Soy yo, intenté decir, pero se me cerraba la boca de los nervios y la piel se me ponía roja y antes de que me responda me di vuelta y me alejé hasta la sección de poesía. Lo arruiné todo, pensaba; y por eso me fijé en un libro de Neruda algunos versos para memorizarme rápido y acercarme de nuevo a vos y pedirte perdón. En ese momento me tocaste la espalda y dijiste ¿Germán? Y ya no eras la de los libros esotéricos y los ojos celestes. Tus ojos eran marrones como dos nueces y estabas tan colorada en la piel como lo estaba yo. Después nos quedamos leyendo un poco de esos libros de poesía y me dijiste que tu favorito era Girondo. Te dije que me importaba un pito si amanecías con aliento afrodisíaco o insecticida. Así fue como lanzaste por primera vez una de esas carcajadas tuyas que tanto se parecían al cielo, y así fue como me di cuenta que estaba enamorado de vos.
Después te invité a tomar un helado pero me contaste en voz bajita, casi como si fuese algo que daba pudor, que no te gustaba el helado; y me sugeriste que mejor vayamos a tomar un café, que conocías un barcito muy lindo por la zona. Y para serte sincero, espero que no creas que me guardé más cosas de las que debería haberme guardado, el bar no me gustó nada. Tenía un olor a cigarrillo por todos lados que me mareaba y las tazas estaban tan sucias que me daba asco. Pero no me importaba mucho todo eso porque nada más quería estar con vos, así que te dije que me parecía un bar fantástico. Y varias veces, pasado unos meses de nuestro encuentro, volví a ir para recordar esa tarde de Bufandas Rosas, porque hacía frío, y porque ese era el nombre del bar.
Lo que más me gustaba de vos es que podíamos hablar de cualquier cosa. Te daba lo mismo si charlábamos y discutíamos el significado de una palabra de Girondo que si nos burlábamos del viejito de la mesa de enfrente que trataba charlar con la mesera. Vos te diste cuenta de eso, todavía me causa gracia cuando me acuerdo. El pobre viejito con el bastón contándole anécdotas a la mesera que parecía llamarse Sofía, y la mesera diciéndole a todo que sí, como si le recordase a un abuelo que había perdido hace no mucho tiempo y al que no había escuchado nunca y a quien sentía que le debía más de lo que le había dado. Es muy curiosa la gente que intenta encontrar en otra gente a las personas que ya perdió, me dijiste con más razón de la que te imaginabas. Y yo te dije que sí pero sin prestarte demasiada atención porque me obsesionaba la forma tan linda que tenías de llevarte el café a la boca. Tal vez nunca te diste cuenta, pero te voy a contar como hacías porque es una de esas cosas que no quiero guardarme solo para mi. Agarrabas la taza desde el asa con el pulgar y el índice, y con el dedo mayor le dabas tres golpecitos. No sé si lo hacías para ver la temperatura o por una vieja costumbre, pero lo repetías cada vez que apoyabas y levantabas la taza. Después te la acercabas a la boca, pero no tomabas todavía. Apartabas la mirada del café y me mirabas a los ojos, ponías los labios como si estuvieses silbando y entonces inclinabas un poco la taza y parpadeabas apenas sentías le sentías el sabor. Luego volvías a mirar al café, lo apoyabas, le dabas tres golpecitos, y decías alguna cosa, lo que sea: pero decirlo parecía parte del mismo rito de tomar el café.
Prefiero pensar que fui yo quien lo dijo, aunque en el fondo sé que lo dijiste vos, pero más allá de quién lo dijo estoy seguro que ese momento en que comprendí lo que estaba por pasar fue uno de los momentos más mágicos que tuve en mi vida. Dame un beso. No importa quién lo dijo.
Entonces los labios, el sabor del azúcar y el café, la humedad, los ojos cerrados, las manos temblando y buscándose, el beso que se transforma y termina en risa por algún comentario o algo que dicen en otra mesa, el alejarnos un poco, el nadar por tu mirada de bosque, volver a conocerte la boca desnuda. Me hubiese encantado que mi vida termine ahí ¿sabés?
Después pagamos la cuenta, te pusiste tu campera y me devolviste la mía. Sacaste de la cartera una bufanda rosa y te la enredaste al cuello burlándote y riéndote de mí al mismo tiempo que me reía yo también. Nos abrazamos y salimos de la mano a la calle cuando todavía se sentía el olor ese que tiene el atardecer cuando está más lindo que nunca.
Te dije que quería darte otro beso y me propusiste un juego. Si adivinaba tu película favorita me dabas el beso. Probé primero con el Lado oscuro del corazón, por Girondo viste. Pero me dijiste que ni siquiera la habías visto y me hiciste cosquillas y me sacaste la lengua. Era tan lindo verte así de pura. No te importaba que la gente piense que eras infantil, vos hacías lo que tenías ganas de hacer y eso me gustaba tanto que si alguna vez hubiésemos hecho el amor hubiese jugado con tus dedos a eso de “este compró un huevito”.
Tu película favorita no era ni Forrest Gump ni Vainilla Sky como intenté después. No te mueras sin decirme adonde vas, me confesaste en voz baja al oído. Esa era tu película favorita. Me tocaste la punta de la nariz con tu dedo y sonreíste. Dame un beso. No importa quien lo dijo.
Así nos despedimos. Llegaba mi colectivo y vos vivías a dos cuadras, me dijiste que no hacía falta que te acompañe y yo me lo creí. Te vi perderte en la plaza a través de la ventana del colectivo mientras el semáforo estaba en rojo, en un momento te diste vuelta y moviste tu bufanda rosa para hacerme un gesto, me tiraste un beso de esos que uno sopla para que vuelen. Todos tus besos volaban en realidad.
Después arrancó el colectivo y empecé a tararear una canción que en una de las cartas me habías dicho que te encantaba, y me di cuenta que ya te extrañaba. Te quería dar una sorpresa ¿por qué esperar? Me levanté, toqué el timbre, bajé del colectivo, y corrí hasta la plaza para encontrarte, para llegar por atrás tuyo y taparte los ojos y preguntarte quién soy. Entonces vos ibas a fingir que no adivinabas, ibas a llevar la mano hacia atrás, ibas a tocar mis labios, ibas a decir que conocías esos labios, ibas a voltearte con los ojos cerrados, me ibas a dar un beso, y entonces me ibas a decir mi nombre como cuando lo dijiste en la librería.
Pero no pasó nada de eso, corazón. Te encontré tirada en el pasto llorando y sufriendo. Tenías la bufando rosa llena de sangre y no dejabas de gritar. Miré para todos lados, y te dije que ya volvía, que iba a buscar al que te hizo eso y lo iba a matar. Me dijiste quedate conmigo. Te di la mano y la tenías más fría que nunca. Entonces yo también empecé a llorar. Quiero irme con vos, te dije pensando más en tu sonrisa que en tu película favorita. Sólo dijiste que no. Que era cuestión de tiempo. Que lo iba a superar.
Sonreíste para hacerme dar cuenta que yo estaba vivo, y te fuiste para siempre con tus ojos marrones abiertos como alas.
25/04/2009
Ya no te sueño
Abril 19, 2009
Ya no te sueño.
Me queda chico ese otro mundo
y tengo que buscarte en otros lados
como busca el ciego colores en la penumbra.
Me arranco el cuervo del pecho
y lo dejo latir un rato afuera:
tiene tanta necesidad de sentirte
y está tan triste cuando lo veo
que apenas puede abrir sus alas.
Entonces te busco entre el fuego
con las manos hacia delante,
apartando lado a lado las llamas
para poder espiar con los ojos
aunque sea un poco
de esa sustancia tuya.
Pero siempre hay nada,
el mismo crepitar absurdo
y las mismas quemaduras negras en las venas
que repiten como se repiten el día y la noche
una sola palabra que sangra desolación:
“jamás”.






