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14 abril, 2009 / Germán

Yanina (y mi primer beso)

Me acuerdo de la primera vez que estuve cerca de dar un beso. Más que un beso sería apenas acercar los labios, pero era muy niño. A veces cuando pienso en eso creo que me hubiese gustado que suceda. Toda mi vida cuando alguien me preguntase por mi primer beso, habría contado ese momento con Yanina Galucci, ese momento que no sucedió.

A Yanina la había conocido en preescolar. Todavía recuerdo que su pelo rubio me impactó como pocas cosas me habían impactado hasta el momento; jamás había visto un pelo con ese color. Yo no había adquirido hasta entonces mi timidez patológica con las mujeres, o tal vez a esa edad me importaba más el color de pelo de Yanina que Yanina en si; y entonces acercarme para hablarle o para ayudarla a apilar los bloquecitos de madera que nos daba la maestra no tenía otra finalidad distinta que acercarme para mirarle el pelo más de cerca.

Ella siempre se estaba riendo. Sólo hubo un día en que no río, y fue en segundo grado cuando la llamaron para que lea algo del pizarrón en frente de toda la clase: era un trabalenguas. Todos habíamos dicho alguna vez ese trabalenguas simpático y melodioso, y nunca nos habíamos equivocado. Pero Yanina estaba nerviosa, Yanina dijo cualquier cosa menos el trabalenguas y cuando se dio cuenta que todos nos estábamos ríendo de ella, salió corriendo del salón y se puso a llorar. A través de la puerta se escuchaba el llanto de Yanina, tan distinto a su risa. Pronto todos nos quedamos en silencio. No fue necesario que la maestra nos lo indique como solía suceder, había en ese llanto algo de sagrado.

Cuando volvió a entrar al aula estaba roja y las manos le temblaban. Nadie se animó a hablar con ella durante todo el día.

Después de clases, mientras mi mamá me acompañaba hasta casa, solo pude pensar en Yanina. No pedí que me compren una golosina ni sobres de figuritas. Tenía ganas de llegar a casa y llorar un poco por haberme burlado de Yanina. No se lo conté a nadie más que a mi hermano. Mi hermano me dijo que cuando él estaba peleado con la novia le escribía cartas y la novia siempre terminaba volviendo con él. Pensándolo ahora desde la distancia que el tiempo me otorga, estoy bastante seguro que el consejo de mi hermano fue irónico o en broma, pero me habría de marcar completamente en la vida: las cartas a Yanina serían las primeras cosas que habría de escribir.

A la noche antes de dormir agarré todos los lápices de colores que tenía y le pedí a mi hermano una hoja para hacer la carta. Me daba vergüenza pedirle algo a mis papás, no quería que sepan lo que me estaba pasando. Recuerdo con claridad que al comienzo de la carta estaba escrito el nombre de esa chica rubia con color verde. Recuerdo que mi letra era imprenta y grande, y que al otro día cuando le fui a llevar la carta a Yanina como si fuese lo más natural del mundo todos mis compañeros se burlaron de mi y habrían de hacerlo durante todo ese año. Sólo ella no se burló. Me sonrío como sonreía siempre y guardó la carta en el bolsillo del guardapolvo. Después me dio un beso en la mejilla y me convido un caramelo Sugus de los que estaba comiendo. Pocas veces sentí tanta satisfacción con un escrito como la que sentí con esa carta, con la forma en que Yanina guardó la carta casi como si la estuviese esperando.

Era uno de los primeros meses del año, tal vez era mayo porque cuando fue el cumpleaños de mi mamá yo ya había escrito la carta y había recibido la primera carta de mi vida. Estaba escrita en una hoja de los cuadernos del colegio y doblada a la mitad, y tenía un corazón rojo dibujado en la parte exterior. Yanina había sido más cuidadosa que yo, la carta me la dio incluso sin advertírmelo. La encontré cuando sacaba la botella de agua de la mochila en casa, en la solapa secreta que sólo ella conocía y que le había mencionado una sola vez el año anterior para sorprenderla. Me había escuchado y había recordado lo que yo le decía.

Esa carta tenía soles y personas felices dibujadas adentro, decía cosas que no puedo acordarme y de las que me encantaría saber. Durante varios años en un cajón de la habitación de mi mamá escondí todas las cartas que Yanina me escribió. Las tenía como si fuesen un tesoro, envueltas en un pañuelo para que nadie pueda sospechar qué es lo que había ahí. Estoy seguro que eran más de veinte, pero todos desaparecieron ya. Nos escribíamos estas cartas con frecuencia, y a partir de la séptima carta –eso jamás lo olvidé, el número siete siempre fue mi favorito- comenzamos a decirnos esas dos palabras que había visto yo en una poesía que le encontré a mi hermano: te amo. Todas las cartas terminaban de esa forma. Poco me importa ahora si ese niño que yo era, sabía o no sabía lo que era el amor, sonrío de solo pensar que al pelo de Yanina no podía no amárselo.

La última carta que me escribió fue la de mi cumpleaños. Esa me la llevó personalmente al salón donde hacía la fiesta, y me la dio después de abrazarme y darme el regalo: una remera de los Simpsons que todavía conservo en algún lugar de mi placard. Corrimos con nuestros compañeros a través del pelotero, nos disfrazamos con máscaras, vimos a un mago hacer aparecer palomas desde un sombrero, nos sentamos en la mesa a comer panchos, y luego otra vez entramos al pelotero mientras todos jugaban a la mancha. Nos dimos las manos y nos escondimos en la parte más alejada, a las puertas de un tobogán casi tan amarillo como el pelo de Yanina. No sé de que hablamos, pero sí sé que mientras volvíamos a través del pelotero para juntarnos otra vez con nuestros compañeros le dije lo mismo que le decía en las cartas. Y ella también me lo dijo, y se puso tan colorada como la mañana en que salió llorando de clase.

Sólo faltaba la torta. Cantar el feliz cumpleaños, pedir tres deseos como las tres sílabas de su nombre, y todo habría terminado. Pero mis compañeros empezaron a corear al unísono, mirándonos a Yanina y a mi: piquito, piquito, piquito. La miré a ella y vi que temblaba. Busqué en la mirada de un adulto un poco de ayuda, alguien que les diga a todos que paren, que dejen de cantar; pero los adultos también cantaban, todos lo hacían y nos acercaban a mi y a Yanina. Entonces se pusieron en círculo alrededor nuestro y también empezaron a aplaudir. Los ojos de Yanina estaban a punto de llorar y yo me acerqué un poco, quería darle el beso, pero no de esa forma. Sin embargo me acercaba. Ella también se acercaba, tanto que ya le sentía la respiración y le sentía temblar el olor a chicle.

Algunos de mis amigos dijeron que la besé. Yanina y yo nunca lo supimos realmente. Teníamos los ojos cerrados y sentimos algo. Nos dimos la mano, y volvimos corriendo a escondernos en el pelotero pasando a través del círculo de adultos y chicos que nos miraban. Ella me dijo que sintió que me besó la mejilla. Yo le dije lo mismo porque también lo había sentido así.

Si esto hubiese sucedido hoy, no sé si la habría besado delante de todas las personas que nos rodeaban. A veces pienso que debería haberla besado luego, cuando todos nos buscaban pensando que nos habíamos ido llorando, y nosotros estábamos en nuestro refugio, a las puertas del tobogán amarillo.

No lo hicimos, sólo nos dimos las manos y sonreímos. Esa habría ser la última vez que vi la sonrisa de Yanina tan de cerca. Unos meses después un nuevo compañero tendría su atención.

Yo estuve enamorado de ella hasta el último año de primaria, y no la volví a ver desde que nos saludamos sintiéndonos grandes en la puerta de un colegio al que nunca iba a volver. Hace unos días me encontré con uno de esos amigos que se burlaban de nosotros y le pregunté por ella. Me dijo que se mudó de barrio en el 2004.

Yo sólo quería saber si ella se acordaba, si se acordaba que aquella vez en mi cumpleaños mientras los adultos nos buscaban, me dijo que por favor le acaricie el pelo.

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17 comentarios

Dejar un comentario
  1. Negro / Abr 14 2009 8:15 pm

    Qué bueno lo que escribiste Germán.

    ¡Me encantó!

    • germangallo / Abr 15 2009 6:20 pm

      Gracias Negro!!!

  2. Félix / Abr 14 2009 11:34 pm

    El amor de niños tiene ese sentimiento puro y vergonzoso que lo hace tan especial que no se necesitan besos y abrazos exagerados, sólo miradas y sonrisas y con eso basta.

    Creo que este relato rescata muy bien esa esencia de amor inocente y hasta platónico en cierto sentido.

    Excelente el relato.

    • germangallo / Abr 15 2009 6:21 pm

      Gracias por el comentario Félix. Es cierto lo que decís sobre el amor de los niños,y es lindo haberlo vivido alguna vez!

  3. Stephanie / Abr 15 2009 6:41 pm

    Me encantó, un genio como siempre escribiendo!
    (Ojo con los sugus jaj)

    • germangallo / Abr 15 2009 11:47 pm

      Jajajajaja, ya vas a tener vos los Sugus y ni los va a tocar Yanina(?)

      (De genio nada, lo sabés :P)

  4. Sandrix / Abr 16 2009 6:57 am

    ¡Qué bonito relato!

    Me hubiera encantado tener una historia romántica de tan pequeñita, pero ¡yo tuve que esperar bastantes años más para la primera! jeje…

    ¿No te preguntas qué aspecto tendrá ella ahora? Tal vez se perdiera el encanto de tu recuerdo… ¿o no?

    ¡Saludos!

    • germangallo / Abr 16 2009 5:17 pm

      Sandra, me alegro que te haya gustado el relato!

      Muchas veces pienso en esas cosas, es que de hecho lo más probable es que sí, que hoy todo tenga una forma distinta a la del recuerdo que es la que tiene el encanto, al menos en este caso particular.
      Creo que es algo similar a cuando uno recuerda un lugar de la infancia de cierta forma, y cuando lo visita siendo más grande no puede creer las diferencias que hay con el recuerdo.
      Pero en fin, para eso están los recuerdos supongo, y también para eso está el presente!

      Y sobre lo que decís al principio no te preocupes, yo equilibré mi historia romántica infantil con falta de historias románticas en la actualidad 😛 lamentablemente jaja

      Saludos!

  5. Maxi / Abr 17 2009 3:35 am

    Tenés la habilidad de haber escrito muchos cuentos, y todos me han gustado.La verdad nunca puedo predecir con qué historia vas a salir.Que tu mano nunca se canse de escribir!

  6. A / May 12 2009 8:46 pm

    Encontre tu pagina por casualidaad y lei el cuento de Yanina, me parece muy sincero y vivo, las palabras salen naturalmmente y sin pretenciones y se notan sinceras. Hay buenos escritores y malos, cuanto mas profundo uno ve adentro de si mismo, mas profundos van a ser sus escritos, asi que espero que veas mucho adentro de vos mismo, para que puedas ser bueno en trasnmitir aquello que esta INCLUSO mas alla de la palabra… !CLARO SI LLEGAS A VERLO!
    SALUDOS…
    A

    • germangallo / May 16 2009 12:56 am

      Muchas Gracias A. No sé quién sos pero me alegro de que hayas llegado y hayas dejado tu comentario.
      También gracias por tu consejo 🙂

      Saludos!

  7. AngelicaDS / Jun 21 2009 8:29 am

    Me encanto esta historia, encontre tu pagina (no se como) pero me fasino esta historia, no podia irme sin dejar un comentario, y felicitarte por esto que escribiste, me gusta mucho leer cosas asi, =) hoy me diste una gran sonrisa, gracias!

    • germangallo / Jun 25 2009 6:32 pm

      Muchas gracias a vos por tu comentario Angélica 🙂

      • Pedro Jesus / Sep 11 2009 11:00 am

        Pues yo, la verdad sea dicha, tuve mi primer encuentro amoroso con 6 años. Resultaba que hicimos un viaje hasta Ceuta, donde estaban mis titos, y alli se encontraba mi prima Susana, era mas bajita que yo, pero a mi no me importaba, la queria y ella me queria, o eso creìa yo. Incluso su hermano nos caso en el coche y todo iba bastante bien, pero mi fracaso era inmenso cuando nos fuimos a Puente Genil, y me enterè de que allì estaba ella, parè el coche y le cogì unas cuantas de margaritas, se las di a mi madre… y llegamos alli y me las tirò de narices en la cara, y yo, figuraros la cara que se me puso. Me dio tanta verguenza que me tuve que salir para afuera. Ahora vivo mas seguro y tranquilo porque tengo una chica que ma gusta mucho, pero me està dando de largas, yo espero que eso se le pase, pero, de momento, estoy esperandola.

        Espero que esto os sirva para algo, yo lo estoy haciendo con ganas de que vosotros os guste.

        Atte.

      • germangallo / Sep 23 2009 8:41 pm

        Gracias por contar tu historia Pedro. Ojalá eso no te haya hecho perder las ganas de bajar a buscar margaritas.

  8. Tina / Oct 17 2013 7:01 pm

    I do not even know how I ended up here, but I thought this post was good.
    I do not know who you are but definitely you’re going to
    a famous blogger if you are not already 😉 Cheers!

  9. Argen / Oct 30 2013 1:38 am

    Aijuna, pueta de la pampa.

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