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23 junio, 2013 / Germán

Segundo nacimiento de Michael Village

Sólo de dos lugares no se vuelve, de la muerte y del desierto. La primera vez que me señalaron Chihuahua en un mapa de la escuela el maestro estuvo un largo rato tratando de especificar dónde empezaba ese territorio poblado de conejos, vacío y ocotillo y dónde comenzaban a aparecer las casas de nuestro pueblo. Como a toda mente infantil me costó entender y apreciar la diferencia. Apenas podía discernir la frontera entre mi cuerpo y el de mi madre, apenas podía separar mis miedos y mi hambre de los miedos y el hambre de mis hermanas. ¿Era más allá de la casa de Gutiérrez que el desierto empezaba? ¿Era la misma la tierra de nuestra huerta reseca que la tierra de las montañas? Esa noche tuve un sueño: caminaba descalza, de espaldas al norte, viendo cómo de a poco nuestra casa se iba alejando. En un momento, la forma de la casa empezaba a confundirse con el paisaje hasta que era imposible distinguirla. Cuando desperté pensé que esa idea de desierto era mejor que la que habían intentado enseñarme en clase. El desierto empieza donde la casa de tu madre desaparece.
  
  
Mi cuerpo muerto está del lado gringo de la frontera. Uno pensaría que al morir los dolores se calman pero eso no es cierto. Rígida sobre la tierra aún siento el cansancio en mis pies, el permanente cambio de frío y calor. La sed. Empecé a caminar hace 25 días. Que siempre tenía que tener delante mío tal estrella me dijeron. Que siga siempre en esa dirección y en diez días me encontraría un pequeño pueblo. Al llegar a ese pueblo habría recorrido la tercera parte del camino. Jamás encontré nada y a veces tuve la sensación de que toda mi vida duró esos 25 días. No es posible imaginar el desgarrador efecto de lo infinito. No es posible explicar cuánto lastima a los ojos la sensación de un recorrido interminable; el esplendor saturado del celeste y el gris. Ahora, el infinito de la muerte y el de la tierra se superponen sobre mí. Pienso en qué motivos me hicieron sentir inevitable el viaje y donde antes encontraba todas las razones ahora no encuentro ninguna. La falta de sentido es menos por la muerte que por la certeza de que al terminar mi recorrido no encontraría nada mejor. Pienso que me fui al desierto para inventar ese pueblo ausente que cargo desde la temprana muerte de mi madre. Pienso que ya nada puede inventarse. Pienso que el desierto me ha hablado y enseñado esas verdades. Pienso que el desierto me ha dado una lengua que antes no tenía. Ahora yo también soy una madre que muere temprano. Mi hijo ignora estas cosas; gatea despacio a mi alrededor y ríe por la cercanía de un zorro.
  
  
Cuando conocí al padre de Nacho yo tenía siete años y mi madre acababa de morir. En la pequeña iglesia del pueblo estaban casi todas las familias y los adultos venían y me abrazaban. En ese momento apenas podía pensar pero recuerdo con claridad la forma en la que me miraban todos. Sus ojos grandes parecían hablar y todos decían lo mismo: pobrecita, pobrecita. Que tus hermanas pobrecita te van a ayudar que ahora pobrecita está en mejor descanso que me acuerdo cuando se pobrecita mudaron aquí que nadie preparaba las tortillas pobrecita como ella que por suerte pobrecita nos enseñó cosas para que podamos vivir pobrecita que si algún día necesitan pobrecita ayuda acuérdate de mí que pobrecita pobrecita pobrecita. Como si no bastara mi imaginación que proyectaba un repetido paisaje de una familia rota para siempre, ellos repetían su pobrecita porque no había otra cosa que pudieran hacer. Una vez más, como el desierto, quien no haya vivido la experiencia no puede comprender el tedio de una repetición despoblada de consuelo. Pero el que después iba a ser padre de Nacho no hizo como los demás y se quedó afuera de la iglesia corriendo y jugando solo. Yo sabía que su mamá también había muerto cerca de un año atrás y me acerqué porque era el único que se parecía a mí. En vez de hablarme se agachó, agarró un puñado de tierra y lo puso en mi mano. Yo guardé la tierra en el bolsillo y volví a la iglesia con mis hermanas. Una semana más tarde lo encontré de nuevo y me dijo que me iba a contar un secreto: cuando una madre muere, empieza a vivir en lo que fue su tierra; yo llevaba en mi pantalón la voz de su madre, la mía y todas las que habían existido. Saqué el manojo de tierra y lo tiré al aire porque sabía que ellas iban a estar para siempre conmigo.
  
  
Los dos gringos bajan de la camioneta con sus chaquetas verdes, sus armas y sus lentes oscuros. Cuando el papá de Nacho me convenció de animarme al desierto me dijo que más importante que esconderme de la sed y el hambre era esconderme de los gringos de la patrulla. Ahora ellos bajan y yo no puedo hacer nada. Uno de los dos se acerca y pone su mano en mi cuello para ver si estoy viva –me doy cuenta que es una mujer-. Le hace un gesto al otro y le dice que no, sheisdet. Con escuchar esas pocas palabras me alcanza para saber que es latina. Me pregunto cómo crece una latina para transformarse en guardiana de la frontera yanki. El otro es bien gringo, tiene un inglés cerrado e indescifrable; podría estar balbuceando y para mi sería lo mismo. Entiendo sólo cuando habla ella y tengo que inventarme el resto. Señalan a Nacho y se sorprenden de que se mueva como si nada hubiese sucedido. La latina dice afiudais e imagino que el otro preguntó cuánto tiempo hace que mi cuerpo y mi hijo están acá. No adivina: pasaron doce noches desde mi muerte. Si lo supieran creerían que Nacho no existe y es un fantasma. Intentan avisar por radio que encontraron vivo a un bebé pero a ninguno de los dos le funciona. La latina se mete en la camioneta y ahí adentro sigue todo mudo. Enciende el motor y se aleja unos kilómetros. Cuando vuelve está enojada; la radio no funciona en ningún lado. El gringo dice algo y ella le confirma okei, agarran a Nacho y se suben a la camioneta. Ahora va a manejar él, pisa el acelerador y el motor se detiene. Intenta volver a prenderlo una vez, dos, tres. Nada sucede. Fak, fak, fak. La latina baja y revisa el motor. Le dice que everithinisokei, que traitaguein. Y el gringo trata, una vez, dos, tres. Nada sucede. Fak. Ella se acerca a la camioneta y agarra a Nacho para bajarlo. Lo deja en el piso y le da un poco de agua de su mochila. El gringo trata de nuevo; la camioneta arranca. Ella salta de la emoción y corre con Nacho. Cuando entra, el motor se detiene. La latina se ríe y el otro la mira mal. Lo prueban seis veces hasta creérselo: la camioneta sólo se mantiene encendida cuando Nacho está afuera.
  
  
No tengo recuerdos del día en que Nacho nació y eso me atormenta. Apenas puedo esbozar un escaso itinerario del progreso del embarazo: cuando lo supe al primer mes el padre me abrazó y me dijo lo mismo que siempre, más arriba hay futuro, acá nos vamos a morir. Dos meses después recibí su llamada desde una ciudad llamada Finix, tengo trabajo dijo, cuando nazca Nacho quiero que vengas aquí. Luego fue el mes octavo y otra vez sonó el teléfono: ven ahora mismo, hay una gran oportunidad para los dos. Peleamos y gritamos mucho. Yo decía esa no es mi tierra y él decía que el lugar que yo llamaba mi tierra lo avergonzaba, que era un lodazal atrasado en el tiempo. Nosotros no estamos unidos a la tierra por ninguna raíz, dijo, nuestras raíces las perdimos en la infancia y ahora no pertenecemos a ningún lado. No supe qué decirle. Tampoco hablé del tema con mis hermanas ni con nadie en el pueblo, pero al terminar esa conversación ya había decidido viajar hacia el norte lo más pronto posible; según me explicó, mi viaje no tendría otro peligro que el de la patrulla. Luego de eso sólo recuerdo el primer día en el desierto en el que realmente sentí sed y Nacho ya estaba conmigo. Tenía siete meses.
  
  
Después de la discusión, el gringo se subió a la camioneta, aceleró y dejó a la latina y a mi hijo en medio del desierto. Durante un largo rato se quedó quieta, clavada en el suelo como si se hubiera transformado en otro de los infinitos chamizos. Caía rápidamente el sol y por primera vez desde que estaba en el desierto Nacho empezó a llorar. La latina buscó en su mochila algo para alimentarlo. Apenas quedaban unas gotas de agua y el resto era un conjunto de cosas inútiles: cargadores para el arma, una brújula, una linterna, baterías extra para la radio. Ahora ella también llora. Ahora dice, ay, perdón bebé. Siente frío. Tira al suelo todas las cosas que quedan en la mochila y lo pone a Nacho adentro. Canta una nana que le cantaban a ella cuando era pequeña, y que también me cantaron a mi, y que también le canté a Nacho. Ambos se duermen. Su respiración es lenta como el viento. Cuando amanece están rodeados de animales y de frutas; el desierto les ofrece un cuerpo que no tiene y que tal vez es el mío. Ella está contenta. Besa a Nacho y le dice bebé me gustaría llamarte Maicol. Aplasta las frutas con sus manos y se las acerca a la boca. Con Maicol todavía adentro se pone la mochila y empieza a caminar. Mi extensión es la de toda la tierra. Siento sus pasos y me pregunto si en la noche perseguirán una estrella en el norte o una en el sur.

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One Comment

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  1. Fausto Tascobosco / Jun 23 2013 11:02 pm

    Hermosas palabras Germán. Gracias por trasladarnos a este cruel pero hermoso mundo. Como siempre un placer leerte.
    Abrazo grande!

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