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30 abril, 2014 / Germán

Daphne

«Absurdos como el ciego perseguidor Apolo, los poetas se empeñan en su objeto como el dios en el amor. Aquel, atravesado por una flecha que lo alejaba de la razón, persiguió a la otrora hermosa Daphne, que corría y escapaba de la exaltada divinidad. Esa historia terminó con Daphne transformada por su padre en el estático y aromático laurel, y con Apolo, adorando al desalmado vegetal como si aún hubiera allí pasión. No hay otro destino en el presente para los poetas que ese mismo amor hacia lo inanimado, y esa misma ceguera ante la pérdida del objeto que desean.» (Cuevas, 2005: 21)
 
Persigo una lengua que no es la mía,
persigo una lengua otra,

acaso persigo la tuya,
acaso la lengua que respira desde tu piel negra
o la que calla en tu cuerpo de mujer.

Anhelo ser el hombre afuera de la mesa,
el pájaro en la jaula:
no quiero el mágnifico amor de un pueblo
sino la secreta lectura del individuo menor

no existe el poema cuando habla un hombre
no existe el poema cuando habla un blanco
no existe el poema cuando sabe decir “soy”

persigo una lengua que me aleje de aquí,
una lengua en la que pueda decir:
Yo hablo como el monstruoso silencio de las sirenas, o
mi sangre cae sobre el suelo brillante de Tóxcatl, o
mi dios tiene la cabeza de un toro y el cuerpo de una serpiente emplumada.

Anhelo olvidar la certeza de lo imposible.

Acaso sólo existan los restos, el consuelo,
la pasión del umbral.

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