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24 julio, 2014 / Germán

otros (I)

los pasillos estrechos
las censuradas ventanas
el sonido de los pies en la madera:

 

más indescifrable que el sueño propio
es el perturbador fantasma en la voz del otro.

 

ella manda un mensaje:
en la casa de mi niñez la forma de una jaula,
a mi lado un monstruo, y tras la puerta del escape un monstruo idéntico;
hay algo que falta en mi cuerpo y que no puedo inventar.

 

la pesadilla escrita prolifera en la avenida
-mi celular cae al suelo, no llegaré a la oficina-
crecen paredes y sombras.

 

fantasma es
aquello que se multiplica.
y ahora -de este lado- soy yo quien queda solo.

30 abril, 2014 / Germán

Daphne

«Absurdos como el ciego perseguidor Apolo, los poetas se empeñan en su objeto como el dios en el amor. Aquel, atravesado por una flecha que lo alejaba de la razón, persiguió a la otrora hermosa Daphne, que corría y escapaba de la exaltada divinidad. Esa historia terminó con Daphne transformada por su padre en el estático y aromático laurel, y con Apolo, adorando al desalmado vegetal como si aún hubiera allí pasión. No hay otro destino en el presente para los poetas que ese mismo amor hacia lo inanimado, y esa misma ceguera ante la pérdida del objeto que desean.» (Cuevas, 2005: 21)
 
Persigo una lengua que no es la mía,
persigo una lengua otra,

acaso persigo la tuya,
acaso la lengua que respira desde tu piel negra
o la que calla en tu cuerpo de mujer.

Anhelo ser el hombre afuera de la mesa,
el pájaro en la jaula:
no quiero el mágnifico amor de un pueblo
sino la secreta lectura del individuo menor

no existe el poema cuando habla un hombre
no existe el poema cuando habla un blanco
no existe el poema cuando sabe decir “soy”

persigo una lengua que me aleje de aquí,
una lengua en la que pueda decir:
Yo hablo como el monstruoso silencio de las sirenas, o
mi sangre cae sobre el suelo brillante de Tóxcatl, o
mi dios tiene la cabeza de un toro y el cuerpo de una serpiente emplumada.

Anhelo olvidar la certeza de lo imposible.

Acaso sólo existan los restos, el consuelo,
la pasión del umbral.

20 abril, 2014 / Germán

Lo perdido

But you, a new brood, native, athletic, continental, greater than before known,
Arouse! Arouse—for you must justify me—you must answer.
Poets to Come, Walt Withman

Lengua muerta es la poesía.
-Acaso rastrera y pobre
de los sepultados cráneos crece-.

Sé de reuniones donde la mencionan,
sé de hombres y mujeres que la escriben,
sé de volúmenes y proyectos y sueños y alegrías.

Pero raza muerta los poetas:
no hay allí mayor virtud que la de aquel que es feliz contemplando aquello que ha perdido,
no hay allí otra forma que no sea la del círculo.

Hubiera preferido en mí un deseo menos parecido a una condena.
Sísifo, es mi nombre:
sobre una pantalla quiero el mundo,
sobre una especie la pasión,
Sísifo destino.

No habrá aquí jamás otra cosa
que no sea vanidad.
Do you give in that you are any less immortal?

10 noviembre, 2013 / Germán

La noche triste (I)

Tu pantalla brilla.
y las imágenes pasan.

La voz te habla en un idioma ajeno,
y tu mente traduce en una lengua que tampoco es la tuya.

Pensás: en el Otro encontraré mi nombre;
en la máscara, el rostro.

En un museo
al otro lado
hay un espejo capaz de mostrarme.

Ahora estás ahí
y el color de la máscara es el color del mar donde se se deshizo y nació tu sangre.

Acaso te sentís perdida y sola.

La sala es grande.

Mientras el vidrio estalla y las alarmas suenan,
mientras las botas y los stop reverberan en el mármol y el granito,
mientras los ojos y las cámaras enmarcan tu cuerpo,
tomás entre las manos el craneo brillante
y acercándolo a tu rostro
llorás el irrevocable destino
de tu piel americana.

23 junio, 2013 / Germán

Segundo nacimiento de Michael Village

Sólo de dos lugares no se vuelve, de la muerte y del desierto. La primera vez que me señalaron Chihuahua en un mapa de la escuela el maestro estuvo un largo rato tratando de especificar dónde empezaba ese territorio poblado de conejos, vacío y ocotillo y dónde comenzaban a aparecer las casas de nuestro pueblo. Como a toda mente infantil me costó entender y apreciar la diferencia. Apenas podía discernir la frontera entre mi cuerpo y el de mi madre, apenas podía separar mis miedos y mi hambre de los miedos y el hambre de mis hermanas. ¿Era más allá de la casa de Gutiérrez que el desierto empezaba? ¿Era la misma la tierra de nuestra huerta reseca que la tierra de las montañas? Esa noche tuve un sueño: caminaba descalza, de espaldas al norte, viendo cómo de a poco nuestra casa se iba alejando. En un momento, la forma de la casa empezaba a confundirse con el paisaje hasta que era imposible distinguirla. Cuando desperté pensé que esa idea de desierto era mejor que la que habían intentado enseñarme en clase. El desierto empieza donde la casa de tu madre desaparece.
  
  
Mi cuerpo muerto está del lado gringo de la frontera. Uno pensaría que al morir los dolores se calman pero eso no es cierto. Rígida sobre la tierra aún siento el cansancio en mis pies, el permanente cambio de frío y calor. La sed. Empecé a caminar hace 25 días. Que siempre tenía que tener delante mío tal estrella me dijeron. Que siga siempre en esa dirección y en diez días me encontraría un pequeño pueblo. Al llegar a ese pueblo habría recorrido la tercera parte del camino. Jamás encontré nada y a veces tuve la sensación de que toda mi vida duró esos 25 días. No es posible imaginar el desgarrador efecto de lo infinito. No es posible explicar cuánto lastima a los ojos la sensación de un recorrido interminable; el esplendor saturado del celeste y el gris. Ahora, el infinito de la muerte y el de la tierra se superponen sobre mí. Pienso en qué motivos me hicieron sentir inevitable el viaje y donde antes encontraba todas las razones ahora no encuentro ninguna. La falta de sentido es menos por la muerte que por la certeza de que al terminar mi recorrido no encontraría nada mejor. Pienso que me fui al desierto para inventar ese pueblo ausente que cargo desde la temprana muerte de mi madre. Pienso que ya nada puede inventarse. Pienso que el desierto me ha hablado y enseñado esas verdades. Pienso que el desierto me ha dado una lengua que antes no tenía. Ahora yo también soy una madre que muere temprano. Mi hijo ignora estas cosas; gatea despacio a mi alrededor y ríe por la cercanía de un zorro.
  
  
Cuando conocí al padre de Nacho yo tenía siete años y mi madre acababa de morir. En la pequeña iglesia del pueblo estaban casi todas las familias y los adultos venían y me abrazaban. En ese momento apenas podía pensar pero recuerdo con claridad la forma en la que me miraban todos. Sus ojos grandes parecían hablar y todos decían lo mismo: pobrecita, pobrecita. Que tus hermanas pobrecita te van a ayudar que ahora pobrecita está en mejor descanso que me acuerdo cuando se pobrecita mudaron aquí que nadie preparaba las tortillas pobrecita como ella que por suerte pobrecita nos enseñó cosas para que podamos vivir pobrecita que si algún día necesitan pobrecita ayuda acuérdate de mí que pobrecita pobrecita pobrecita. Como si no bastara mi imaginación que proyectaba un repetido paisaje de una familia rota para siempre, ellos repetían su pobrecita porque no había otra cosa que pudieran hacer. Una vez más, como el desierto, quien no haya vivido la experiencia no puede comprender el tedio de una repetición despoblada de consuelo. Pero el que después iba a ser padre de Nacho no hizo como los demás y se quedó afuera de la iglesia corriendo y jugando solo. Yo sabía que su mamá también había muerto cerca de un año atrás y me acerqué porque era el único que se parecía a mí. En vez de hablarme se agachó, agarró un puñado de tierra y lo puso en mi mano. Yo guardé la tierra en el bolsillo y volví a la iglesia con mis hermanas. Una semana más tarde lo encontré de nuevo y me dijo que me iba a contar un secreto: cuando una madre muere, empieza a vivir en lo que fue su tierra; yo llevaba en mi pantalón la voz de su madre, la mía y todas las que habían existido. Saqué el manojo de tierra y lo tiré al aire porque sabía que ellas iban a estar para siempre conmigo.
  
  
Los dos gringos bajan de la camioneta con sus chaquetas verdes, sus armas y sus lentes oscuros. Cuando el papá de Nacho me convenció de animarme al desierto me dijo que más importante que esconderme de la sed y el hambre era esconderme de los gringos de la patrulla. Ahora ellos bajan y yo no puedo hacer nada. Uno de los dos se acerca y pone su mano en mi cuello para ver si estoy viva –me doy cuenta que es una mujer-. Le hace un gesto al otro y le dice que no, sheisdet. Con escuchar esas pocas palabras me alcanza para saber que es latina. Me pregunto cómo crece una latina para transformarse en guardiana de la frontera yanki. El otro es bien gringo, tiene un inglés cerrado e indescifrable; podría estar balbuceando y para mi sería lo mismo. Entiendo sólo cuando habla ella y tengo que inventarme el resto. Señalan a Nacho y se sorprenden de que se mueva como si nada hubiese sucedido. La latina dice afiudais e imagino que el otro preguntó cuánto tiempo hace que mi cuerpo y mi hijo están acá. No adivina: pasaron doce noches desde mi muerte. Si lo supieran creerían que Nacho no existe y es un fantasma. Intentan avisar por radio que encontraron vivo a un bebé pero a ninguno de los dos le funciona. La latina se mete en la camioneta y ahí adentro sigue todo mudo. Enciende el motor y se aleja unos kilómetros. Cuando vuelve está enojada; la radio no funciona en ningún lado. El gringo dice algo y ella le confirma okei, agarran a Nacho y se suben a la camioneta. Ahora va a manejar él, pisa el acelerador y el motor se detiene. Intenta volver a prenderlo una vez, dos, tres. Nada sucede. Fak, fak, fak. La latina baja y revisa el motor. Le dice que everithinisokei, que traitaguein. Y el gringo trata, una vez, dos, tres. Nada sucede. Fak. Ella se acerca a la camioneta y agarra a Nacho para bajarlo. Lo deja en el piso y le da un poco de agua de su mochila. El gringo trata de nuevo; la camioneta arranca. Ella salta de la emoción y corre con Nacho. Cuando entra, el motor se detiene. La latina se ríe y el otro la mira mal. Lo prueban seis veces hasta creérselo: la camioneta sólo se mantiene encendida cuando Nacho está afuera.
  
  
No tengo recuerdos del día en que Nacho nació y eso me atormenta. Apenas puedo esbozar un escaso itinerario del progreso del embarazo: cuando lo supe al primer mes el padre me abrazó y me dijo lo mismo que siempre, más arriba hay futuro, acá nos vamos a morir. Dos meses después recibí su llamada desde una ciudad llamada Finix, tengo trabajo dijo, cuando nazca Nacho quiero que vengas aquí. Luego fue el mes octavo y otra vez sonó el teléfono: ven ahora mismo, hay una gran oportunidad para los dos. Peleamos y gritamos mucho. Yo decía esa no es mi tierra y él decía que el lugar que yo llamaba mi tierra lo avergonzaba, que era un lodazal atrasado en el tiempo. Nosotros no estamos unidos a la tierra por ninguna raíz, dijo, nuestras raíces las perdimos en la infancia y ahora no pertenecemos a ningún lado. No supe qué decirle. Tampoco hablé del tema con mis hermanas ni con nadie en el pueblo, pero al terminar esa conversación ya había decidido viajar hacia el norte lo más pronto posible; según me explicó, mi viaje no tendría otro peligro que el de la patrulla. Luego de eso sólo recuerdo el primer día en el desierto en el que realmente sentí sed y Nacho ya estaba conmigo. Tenía siete meses.
  
  
Después de la discusión, el gringo se subió a la camioneta, aceleró y dejó a la latina y a mi hijo en medio del desierto. Durante un largo rato se quedó quieta, clavada en el suelo como si se hubiera transformado en otro de los infinitos chamizos. Caía rápidamente el sol y por primera vez desde que estaba en el desierto Nacho empezó a llorar. La latina buscó en su mochila algo para alimentarlo. Apenas quedaban unas gotas de agua y el resto era un conjunto de cosas inútiles: cargadores para el arma, una brújula, una linterna, baterías extra para la radio. Ahora ella también llora. Ahora dice, ay, perdón bebé. Siente frío. Tira al suelo todas las cosas que quedan en la mochila y lo pone a Nacho adentro. Canta una nana que le cantaban a ella cuando era pequeña, y que también me cantaron a mi, y que también le canté a Nacho. Ambos se duermen. Su respiración es lenta como el viento. Cuando amanece están rodeados de animales y de frutas; el desierto les ofrece un cuerpo que no tiene y que tal vez es el mío. Ella está contenta. Besa a Nacho y le dice bebé me gustaría llamarte Maicol. Aplasta las frutas con sus manos y se las acerca a la boca. Con Maicol todavía adentro se pone la mochila y empieza a caminar. Mi extensión es la de toda la tierra. Siento sus pasos y me pregunto si en la noche perseguirán una estrella en el norte o una en el sur.

17 mayo, 2013 / Germán

Infancias (XI)

mamá cocina y yo estoy sentada en el piso y mamá
mamá dice una sola vez tenés seis años y después pum nunca más y yo me río y
             
              he medido y pesado mi infancia igual que todos
              he guardado y martillado su esponjoso ataúd
              he tomado los votos de la experiencia única
              he observado su forma de vientre que me ha parido
             
y mamá habla y yo en el piso veo la ventana y una nena me mira
y me mira y hay un ruido de pum pum pum
             
                           cuando lo descubrí llevaba semanas sin dormir y escribí un cuento
                           Ser madre es mentir. A veces es ignorar o no saber, pero sobre todo mentir. La mía ya está muerta y no me puedo quejar y eso es lo que ella quería: morirse, ahorrarse mi voz de tardía adolescente diciendo por qué dijiste eso vieja, por qué me quisiste así. Pero mienten las madres y se equivocan. Yo miento también, y por eso me asumo madre. A los quince años leí sobre un corazón que cuenta cosas después de muerto y a los 30 supe que ese ruido molesto que en casa enloquece a todos es el de mis primeros años queriendo salir. No, mejor. Es dos cosas al mismo tiempo, o más: los primeros años queriendo salir; yo queriendo entrar en ellos. La niña que fui también lo escucha aunque yo no lo escuché. Crecés en la voz de tu vieja que te dice que aproveches tu juventud porque se pasa y se lo terminás creyendo. Y creés tantas cosas: que se puede estar vivo o muerto, que sólo se avanza hacia adelante, que si mañana llueve no podés sentir la lluvia ayer. Pero yo escuché el ruido repetirse y tuve pesadillas. Escuché el ruido en la cama mientras hacía el amor. Escuché el ruido en el supermercado eligiendo las naranjas. Escuché el ruido al hablar con mis amigas. Después supe que el ruido era una puerta y que mi madre me mentía. Estoy en todos lados al mismo tiempo. Escribo estas palabras en el borde de mi cuna.
             
             
y afuera la nena canta y me gusta su voz pero a mamá no y le dice que se vaya
y la nena se va y también no porque sigue cantando como adentro de mi cabeza y a veces hay dibujos en casa que yo no hice y para mi los hizo ella
             
              he descubierto un espacio vacío
              he visto mi infancia infinita y plural como la arena

1 mayo, 2013 / Germán

Infancias (X)

en mis sueños
siempre paredes
 
jamás el mar
o el crujido amarillo de las hojas
 
el hormigón sí
la puerta marrón de la habitación de mis padres
las luces oscuras de un bar
las columnas de un estacionamiento
las góndolas multicolor en el supermercado
el frío de un auto
la pantalla de mi computadora
los edificios las casas los edificios
las paredes siempre
en mis sueños
límites
 
natural sólo el agua en la pileta de un hotel
con mi cuerpo niña pálido en la superficie